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viernes, 24 de octubre de 2014

Vlad «el Empalador» de Transilvania, la auténtica historia del Conde Drácula

Vlad «el Empalador» de Transilvania, la auténtica historia del Conde Drácula
El retrato de Vlad III del Palacio de Ambras
La película «La leyenda jamás contada» se inspirada en la vida de Vlad Tepes, todavía considerado un héroe nacional en Rumanía a pesar de su leyenda de hombre sádico y cruel
La película «Drácula, la leyenda jamás contada» (2014), que se estrena esta semana en España, se basa en la historia de Vlad Tepes, conocido por sus enemigos como «el Empalador».
Este sádico príncipe de Valaquia, la zona sur de Rumania, se hizo célebre por su actividad guerrera contra el Imperio otomano en el siglo XV y por hacer de la tortura un pasatiempo. Su leyenda negra inspiró al escritor irlandés Bram Stoker a convertirle en el Conde Drácula, el más famoso de los vampiros de la literatura.
Pero mucho antes de desarrollar esta afición malsana por empalar a sus enemigos, es decir, por clavarlos en picas, Vlad Tepes sufrió la crueldad que el Imperio otomano tenía reservada a los hijos de los nobles cristianos del territorio fronterizo. Hungría, Rumania, Croacia y otros territorios de raíz cristiana servían de contención a las ambiciones turcas, dando lugar a un brutal conflicto que siguió muchos años después de la caída de este imperio. A modo de garantía, los líderes otomanos ordenaban que los caudillos y nobles cristianos entregaran a alguno de sus hijos para ser trasladado a Estambul como rehénes. Vlad Dracul (de ahí lo de Drácula, que en rumano significa «demonio») era un príncipe rumano perteneciente a la Orden del Dragón, que se vio obligado a entregar en 1444 a dos de sus tres hijos: Vlad Tepes, de 13 años, y su hermano Radu.

Este tipo de «secuestros» servía a dos propósitos: persuadir a los caudillos de iniciar nuevos ataques y proporcionar a los niños una educación favorable a la causa otomana. Según las crónicas, la educación de Vlad Tepes, un modo de colonización cultural, corrió a cargo del propio sultán Murat II. De hecho, el noble rumano recibió el apoyo de los turcos cuando, a su regreso a casa, descubrió que su padre, Vlad Dracul, había muerto apaleado y a su hermano Mircea le habían quemado los ojos con un hierro candente antes de enterrarlo aún con vida. Ambos hechos fueron ordenados por un antiguo aliado de su padre, el conde Juan Hunyadi, y por los boyardos, la aristocracia local.

«Cena roja», para los traidores de su padre

Vlad Tepes, coronado rey de Valaquia por intercesión del sultán otomano, dedicó los primeros años de su reinado a vengar a su padre con los métodos más salvajes, especialmente contra los boyardos. En un episodio histórico que recuerda a la «Boda Roja» de la serie «Juego de Tronos», Vlad Tepes invitó a los boyardos a una cena de Pascua en 1459 que, una vez terminada la comida, se convirtió en una masacre. El rey de Valaquia mandó empalar a los más viejos, mientras que a los jóvenes los perdonó la vida y los envió a construir diversas fortificaciones, en cuyas obras murieron la mayoría.
Y no solo de venganza se alimentaban los empalamientos de Vlad Tepes. Con la intención de borrar la disidencia en sus territorios y rebajar el poder de la nobleza, el conocido como «el Empalador» realizó ejecuciones masivas en las ciudades que, como Kronstadt (Bra?ov) y Hermannstadt (Sibiu), se negaron a comerciar con él o que no querían pagarle tributo. Se calcula que entre 1456 y 1462 mandó ejecutar a más de 60.000 personas por empalamiento y otros métodos de tortura.


El escritor Bram Stoker conoció la historia de manos del erudito húngaro Arminius Vámbéry y se sirvió de la leyenda de Vlad «el Hijo del Dragón» para crear su obra más famosa: «Drácula» (1897). Un gran éxito editorial que desde su publicación nunca ha dejado de estar en circulación. El que en los tiempos de Stoker la leyenda sobre Vlad Tepes siguiera viva demuestra la importancia de su terrorífico legado. Se dice que a Vlad le gustaba, además, organizar empalamientos multitudinarios con formas geométricas, y que sentía fascinación por crear bosques de «picas humanas».

No en vano, Vlad Tepes no solo se enfrentó a la población cristiana. La amistad con los turcos no le duró mucho tiempo y en 1459 dejó de pagar tributos al sultán. Junto a los ejércitos de Hungría, «el Empalador» encabezó numerosos ataques contra el Imperio otomano. Fue tal el terror desatado entre los turcos por estas incursiones que buena parte de la población musulmana de Constantinopla abandonó la ciudad por miedo a que fuera conquistada por Vlad. Así y todo, el sultán Mehmet II, famoso por arrebatar Contantinopla a los bizantinos, contraatacó en 1462 con un ejército de 150.000 hombres, estiman las fuentes de la época, y tomó la capital de Valaquia.

El ocaso de «el Empalador»

Aunque Vlad III aguantó la acometida turca utilizando la estrategia de tierra quemada, la nobleza local aprovechó su debilidad para alzar a su hermano Radu, el mismo que acompañó al «Empalador» durante su secuestro en Estambul, como rey de Valaquia. Vlad Tepes fue encerrado en la Torre Real, cerca de Buda. En 1474, Drácula fue liberado y, una vez derrocado el gobierno de su hermano, títere de los otomanos, reanudó la guerra. Sin embargo, como en la campaña de «los 100 días de Napoleón», la suerte de Vlad Tepes «el Empalador» tenía ya fecha de caducidad.
Durante la invasión de los Turcos de 1476, Vlad Tepes fue asesinado en combate por su propia guardia o, según otras versiones, por soldados boyardos que luchaban en su ejército, los cuales irónicamenta también habían sido responsables de la muerte de su padre. Los turcos, por su parte, se llevaron su cabeza como trofeo a Constantinopla, donde el sultán ordenó que se colocara en una estaca para no dejar lugar a dudas sobre la suerte de su temido enemigo.
El gobierno comunista de Nicolae Ceaucescu declaró en 1976 a Vlad Tepes «Héroe de la nación» al cumplirse el V Centenario de su muerte. En los argumentos usados por los historiadores rumanos para defender tal distinción nacional destacan que era un hombre de su tiempo, cuando la brutalidad era la única manera de mantener a raya a fuerzas abrumadoramente superiores que se disputaban las puertas de Europa. Para ellos, Vlad Tepes habría sido incluso un hombre dotado de un sentido de la justicia y el patriotismo poco usual en esa época.

Crítica de «Drácula, la leyenda jamás contada» (**): Un vampiro con poca vida
Crítica de «Drácula, la leyenda jamás contada» (**): Un vampiro con poca vida
La historia del mito, trazada desde un punto de vista muy distinto pero atractivo, se va diluyendo en las sombras del ordenador, mal muy común en los últimos tiempos
Dice la historia que se han hecho unas 400 versiones de Drácula, incluida la magistral de Ford Coppola y Gary Oldman, y la inclasificable de Chiquito de la Calzada, genio y figura de nuestra España indescifrable. Esta del novato Gary Shore se queda en tierra de nadie. Cuenta con el excelente Luke Evans y la mirada de Charles Dance, casi irreconocible tras la tremenda máscara del demonio y, sin embargo, en sus ojos se descubre el destello que desvela al padre de los Lannister, grandioso secundario de una calidad sublime.
Es lo más que aporta la película, que tiene un comienzo prometedor y pronto se apaga en un guión falsario, en unos turcos risibles, de topicazo estereotipado, en un cúmulo de efectos especiales que tapa el agujero de la historia que, para relleno, coge trozos de aquí y de allá, retazos que se disfrazan de homenajes pero que son más un remedio, de esos que acaban siendo peor que la enfermedad.
En suma, una película con, nunca mejor dicho, poca vida.
La historia del mito, trazada desde un punto de vista muy distinto pero atractivo, se va diluyendo en las sombras del ordenador, mal muy común en los últimos tiempos. De cualquier forma, aunque hubiera subido el listón, imposible con este guión, aún estaría a años luz de Coppola y del gran Oldman, una obra maestra poco valorada, muy infravolarada, probablemente porque por ahí andaba el tostón impávido de Keanu Reeves que casi despeña al bueno de Vlad.
 

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