Es una ciudad descreída, divertida y abierta. En su feria las casetas son de acceso libre y sus propietarios te invitan a un rebujito y a jamón
La Alcazaba en Málaga
Para disfrutar del verano en Málaga como pocas veces se puede disfrutar del verano en cualquier otro lugar solo hacen falta dos cosas: tener allí un amigo y que éste posea una casa con jardín. Para más detalle: que el amigo sea malagueño y que un jazmín presida su jardín.
Mejor por la noche. No porque haga calor; excepto en los pocos días en que sopla el terral, la temperatura apenas supera los 30 grados y las mañanas, frescas, son apropiadas para desayunar unos tejeringos (churros) en algún bar cercano a la Alameda, subir hasta lo alto de la Alcazaba y descansar luego junto a alguna de las fuentes del Parque, un jardín romántico de ficus, palmeras y especies tropicales o entre las tumbas del cementerio inglés, bajo frondosos árboles y un muy cuidado césped que un cónsul británico mandó establecer en el siglo XIX para dar sepultura a sus compatriotas protestantes, que ya habían descubierto las ventajas de disfrutar de su vejez en un lugar de suave clima habitada por gente acogedora. Por entonces ya sucedía, como sigue siendo habitual, que los apellidos de las familias ilustres de esta ciudad sean de origen holandés, británico y alemán, lo que explica la proliferación de hombres pelirrojos y mujeres de ojos verdes y la aceptación inmediata de cualquier recién llegado. Aunque para un malagueño un extranjero sigue siendo un «inglé», nada de un «guiri». Recuerdo a la mujer de aspecto gitano junto a la que me senté en la playa de Pedregalejo y a la que mostré mi curiosidad porque estaba acompañada de cinco niños muy morenos y otro rubísimo, que la llamaba mamá. ¿Había adoptado a un extranjero? «No –suspiró-. Pasó por aquí un inglé…».
Málaga es descreída, divertida y abierta. En su feria las casetas son de acceso libre y sus propietarios te invitan a rebujito y jamón sin preguntarte de dónde vienes, algo impensable en Sevilla. El malagueño es generoso, tiene gracia sin ser gracioso –que me perdonen de nuevo los sevillanos– y derrochadores. Mi abuelo «granaíno» decía que en sus tiempos en Málaga solo había un billete de veinte duros, que estaba todo el día dando vueltas. Lo mismo hace la gente, rodar de un lado a otro sin parar. El recuerdo de mi infancia sigue siendo mi realidad de hoy: llegar a la ciudad, anunciar «estoy aquí» y dejarme llevar: una excusión al cortijo de no sé quién en la Axarquía, otra a ver la lluvia de estrellas desde los montes con gin tonics preparados en la neverita, una merienda con timba de cartas en una terraza mirando el mar, un paseo en catamarán por la bahía, una cena en un chiringuito donde alguien ha descubierto los mejores espetos y, sobre todo, esas noches de conversación con un grupo de amigos de toda la vida en un jardín: jazmines, damas de noche, plumarias, estefanotis…el calor humano y los olores embrujados. Para ir a la playa siempre habrá tiempo. Para dormir está el invierno. Ya descansaré cuando vuelva a trabajar a Madrid.
A tiro hecho
Dónde ir
L Alcazaba árabe del siglo XI. A sus pies, el teatro romano del siglo I. Cerca, el Museo Picasso, la casa natal del pintor, el museo Carmen Thyssen y Larios, más que una clle, el atrezzo de todo lo que ocure en la ciudad. Por la noche cena y copas en el puerto.
Dónde comer
Manolitas y victorianos: sardinas y boquerones de pequeño tamaño, las primeras espetadas; los segundos, fritos en manojitos. En los chiringuitos de la playa de Pedregalejo. Para sofisticados: El Muelle 1, de José Carlos García, la única estrella Michelín de la ciudad, o La Moraga de Dani García en la Malagueta.
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