Regresa la Fórmula 1 de las vacaciones de verano con un pelotón agrupado en 48 puntos y Vettel al mando. Lo hace en Spa-Francorchamps, entre los valles y la foresta de las Árdenas belgas, en el circuito más largo del Mundial (siete kilómetros) y el único con el que Fernando Alonso mantiene una legendaria distancia.
Nunca ha ganado aquí con la F1 y casi nunca ha conocido la posibilidad cercana de hacerlo. Lo último que recuerda es el pavoroso accidente del año pasado: el coche de Romain Grosjean le pasó a unos centímetros del casco, lo que le obligó a abandonar en la primera curva. No, Spa y Alonso no congenian.
Los pilotos saludan con entusiasmo a Spa, el circuito que nació con la Fórmula 1 en 1950, que guarda todas las singularidades de conducción que aprecia cualquier estrella del volante y que alberga un puerto en curva, Eau Rouge (10 por ciento de desnivel, 320 kilómetros por hora al pasar por la cima). También Alonso se dirige al trazado con esperanza. Pero siempre mira atrás, por inevitable.
Hay que remontarse ocho años para descubrir un lazo amable de Alonso con Spa. Corría entonces para el Renault azul y acabó segundo, detrás de Kimi Raikkonen. En el resto de sus comparecencias abundan los abandonos por mala suerte, fallos mecánicos del coche y errores propios del piloto español. Con Ferrari se ha retirado dos veces en Bélgica y solo en 2011 consiguió puntos (12) en otra victoria de Vettel.
Alonso tiene ganas de sacarse esa espina con el trazado de las Árdenas, donde este fin de semana, como es costumbre, se espera lluvia el sábado y el domingo. Salvo que Ferrari haya encontrado algún artilugio de rendimiento sobresaliente, no lo tendrá fácil el piloto español para inaugurar su historia de éxito con Spa. Se lo puede impedir la productividad de sus competidores.
El triple campeón del mundo, Sebastian Vettel, tiene 172 puntos y cuatro victorias. Raikkonen, que ayer no acudió al circuito por sentirse indispuesto según comunicó Lotus, suma 134 puntos, un triunfo y una regularidad portentosa. Alonso se sitúa un escalón por detrás (133, dos triunfos) y en curva de estancamiento. En las últimas carreras se clasifica quinto o sexto los sábados y luego remonta el domingo, pero siempre forzando la máquina. Por detrás aparece Hamilton (124 puntos y un triunfo, el último GP en Hungría). Ocho éxitos en diez grandes premios para los cuatro campeones del mundo, con la salvedad de las dos piezas que capturó Nico Rosberg (Mónaco y Silverstone).
A la lógica de los acontecimientos se podría convenir que el Mundial puede desembocar en una pelea entre Red Bull (Vettel) y Mercedes (Hamilton). Son los dos coches con mejor prestación. Spa y Monza (Italia), lo próximo en el calendario, se adecúan a la perfección a la velocidad de Mercedes, un bólido rápido que hasta el mes de julio consumía neumáticos como un Carpanta que devora bocadillos. Ya ha mermado ese hándicap y Hamilton parece en condiciones de elevarse en la general del Mundial.
Helmut Marko, el ideólogo de Red Bull, avisa que «llevaremos piezas nuevas en cada una de las nueve carreras restantes». Son el enemigo a batir. Los tres campeones del mundo en liza tratan de evitar ese sobreentendido que se ha instalado en los últimos años en la Fórmula 1. Esa imagen de Vettel escapando de sus perseguidores y sin cometer un solo error al gobierno de su Red Bull.
En este marco no cuenta el equipo que dominó la carrera del año pasado. McLaren arrancó la temporada con un coche atravesado y no ha reaccionado. Button tiene casi imposible repetir su victoria de 2012.
En Ferrari funciona el mensaje conocido. La escudería apela al escudo, al orgullo, a la motivación a través del mito. «Es el momento de que Ferrari reaccione como sabe», arenga a su tropa el jefe del grupo, Stefano Domenicali. El problema de su soflama es la memoria. Es el mismo discurso de las últimas temporadas, un equipo que no manda y que se obliga a la persecución del líder de la Fórmula 1, Red Bull.







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