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jueves, 8 de enero de 2015

La cara oculta de Elvis Presley

Un recorrido por algunos aspectos menos conocidos del Rey del Rock al cumplirse 80 años de su nacimiento

  Elvis Presley en una escena de la película «El Trotamundos», de 1964
 Imposible imaginar cómo sería hoy Elvis Aron Presley a los 80 años. Otras carreras se han mantenido activas a esa edad, como las de Leonard Cohen y Chuck Berry; y Bob Dylan y Paul McCartney llevan el mismo camino.
 El Rey del Rock murió no demasiado joven y tampoco hizo un bonito cadáver, pero entró de lleno en el Olimpo de los mitos del siglo XX. Por lo tanto, su vida y obra han sido analizadas hasta los mínimos detalles. Sin embargo, para el gran público existen detalles que quedan ocultos tras sus aparatosas capas, su tupé, sus movimientos de pelvis... y sus privilegiadas cuerdas vocales.

La familia Presley

Buena parte de la psique de Elvis se sustentaba en la figura de su madre, Gladys. Fue por ella por quien entró el 18 de julio de 1953 en los estudios de Sun Records, en Memphis, para grabar un par de canciones como regalo de cumpleaños. Ella era el alma de la familia Presley, mientras que el padre, Vernon, era un hombre atractivo pero de pocas palabras y trabajos también escasamente remunerados. En 1938 pasó ocho meses en prisión por manipular un talón. No era la primera vez que mentía en un documento: cuando se casó con Gladys el 17 de junio de 1933, declaró que tenía 22 años, cuando en realidad tenía 17 y era menor de edad.
Al año siguiente de la boda, el 8 de enero, nacía muerto Jesse Garon y, 35 minutos después, pero vivo, su gemelo Elvis Aron. En sus últimos años, el cantante reconocía que hablaba de vez en cuando con su hermano y que le acompañaba en algunas actuaciones.

Gladys murió por hepatitis el 14 de agosto de 1958, cuando su hijo era ya una estrella. «Ella era la razón de nuestra vida. Siempre fue mi chica favorita», declaró sollozando a los periodistas, junto a su padre, en las escaleras de Graceland. Dos años más tarde Vernon se casaría con Devada Mae «Dee» Stanley, boda a la que no acudió Elvis porque no entendía esa rapidez en buscar una sustituta a su madre. Se divorciaron en 1974, y, tras la muerte del Rey del Rock, se dedicó a difundir detalles escabrosos de la vida de este, como una presunta relación incestuosa, affaires homosexuales o el abuso de drogas.

Primeras novias

Elvis fue un adolescente solitario, que gustaba de vestirse y peinarse de forma poco ortodoxa. Un niño rarito y tan apegado a su madre que atraía poco a las chicas. Su primera novia fue Dixie Locke. Él tenía 19 años y ella 15. A ella le llamó la atención cómo un chico tan tímido podía poner tanta pasión interpretando canciones religiosas. Tras la misa y dirigiéndole varias miradas, quedó al día siguiente con sus amigas en la pista de patinaje, asegurándose de que aquel muchacho lo oyera. Así que allí estaba él, con patines pero sin saber deslizarse con ellos. Surgió el amor, que desapareció ante las primeras giras de Elvis, el acoso de las fans y el empuje de su segunda novia, June Juanico.
Ella era una seguidora a quien Elvis conoció tras un concierto en 1955. Un año después la reconoció en la cola de su casa de Graceland, esperando un autógrafo. Iba a pasar unos días en Memphis, ocasión que aprovechó el cantante para seducirla. Elvis estaba verdaderamente enamorado de ella, y los medios empezaron a reflejar el romance, pero el coronel Parker, su mánager, entendía que no era el momento adecuado para compromisos, y menos cuando ella no era tan famosa como otros romances más rentables, como los que mantuvo su chico con las actricesNatalie Wood e Yvonne Lime.
A Priscilla la conoció haciendo el servicio militar en Alemania, en 1959. Ella tenía 14 años, y su padrastro era un oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos destinado allí. Se casaron en 1967, y el matrimonio se rompió en octubre de 1973 tanto por las continuas infidelidades del Elvis como por el agobiante círculo de amigos que le rodeaba, el grupo denominado la Mafia de Memphis. Poco después él inició una relación con la actriz y Miss Tennesse de 1972 Linda Thompson. La mujer que estaba con Elvis el día de su muerte era la también actriz y modelo de 21 años Ginger Alden. Se habían conocido tres meses antes de aquel fatídico 16 de agosto de 1977, y ya tenían prevista su boda. Por cierto, Elvis, en el momento de morir en el cuarto de baño, estaba leyendo el libro «La búsqueda científica de la cara de Jesucristo», de Frank O. Adams

La Mafia de Memphis

Desde el comienzo de su carrera Elvis se rodeó de un círculo de acompañantes, procedentes de sus años de juventud, a los que pagaba con sueldos y con regalos ostentosos, como casas o automóviles. Hacían las veces de guardaspaldas, organizadores de eventos y cualquier cosa que se le ocurriera a Elvis, como conseguirle chicas; pero, sobre todo, estaban para aislarle del mundo y divertirle en todo momento, costara el dineral que costara.


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La nueva ceremonia de Leonard Cohen
El canadiense celebra su 80 cumpleaños con «Popular Problems», un trabajo desnudo que vuelve a acercarle al blues

Leonard Cohen se regala un nuevo trabajo por su 80 cumpleaños
A Leonard Cohen (Montreal, 1934) le gusta bromear asegurando que nació con traje, un guiño a esa sempiterna elegancia que empapa toda su obra y que, cómo no, se filtra verso a verso y gota a gota en «Popular Problems», trabajo con el que el canadiense reaparece en el mercado discográfico apenas tres años después de publicar «Old Ideas».
Un lapso inusualmente breve para un artista que en las últimas dos décadas solo había publicado cuatro trabajos de estudio y que llega a los 80 -los cumplirá el próximo día 21 de septiembre, dos días antes de que «Popular Problems» llegue a las tiendas- redoblando su apuesta por la desnudez y aliándose de nuevo con Patrick Leonard, coautor junto a Madonna de éxitos como «Like a Prayer» y «La Isla Bonita» y colaborador de Cohen que ya participó en la composición de algunas canciones de «Old Ideas».
«Cuando te pones a escribir ante el folio en blanco, o coges la guitarra, siempre empiezas desde cero, eres un absoluto principiante, es una lucha contra el silencio, contra tus propias debilidades, no puedes pararte a pensar si influyes o te influyen», aseguraba poco después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011 un Cohen que, a un paso de los ochenta, se disfraza una vez más de aprendiz para levantar un nuevo y emocionante monumento de blues ingrávido y folk espartano. Un pellejo más o menos nuevo para una vieja ceremonia que el bardo de Montreal rubrica con nuevos fichajes -no aparecen en los créditos ni Sharon Robinson ni Jennifer Warnes, voces que Cohen sustituye aquí por las de Charlean Carmon y Dana Glover- y limita su colaboración con Anjani Thomas a una única canción.
La nueva ceremonia de Leonard Cohen
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Portada del nuevo disco
Abre esta nueva colección de letanías y confesiones «Slow», un blues mínimo y herrumbroso, elogio de la lentitud con explosión de voces femeninas en los coros. «No es porque sea viejo, siempre me ha gustado lento», sentencia Cohen. Y así, con su deliciosa parsimonia, ese paladear los versos con una voz de abismo inexplorable, el canadiense entrega nueve canciones nuevas en los que aparca la carnalidad para cubrirse con el manto de la canción de autor ascética y espectral.

«Amost Like The Blues» se acurruca junto al piano entre asesinatos, violaciones y aldeas en llamas para desenterrar a Cohen más crepuscular y diletante. Aquí está, entre susurros masticados, el cronista del desencanto, el narrador de «The Future», mirando desde la distancia una sociedad tocada y hundida. Ante semejante panorama, solo queda una opción: dejar que a uno se le congele el corazón «para mantener lejos la podredumbre».
Con «Samson In New Orleans», Cohen suena más Tom Waits que nunca, con un órgano quejumbroso aupando a un cantante que se presenta aquí tan sabio como envejecido. Un himno monacal y de clima litúrgico suavemente acunado por un violín. El blues vuelve a asomar la cabeza en «A Street», con Cohen adoptando el papel de poeta desencantado que recita más que canta y se aclara la garganta para ajustar cuentas con el futuro. «La fiesta se ha acabado», anuncia justo antes de que los coros femeninos empiecen a enredarse en su garganta de granito.
«Alguna vez te amé, alguna vez te necesité?», se pregunta Cohen en «Did I Ever Love You», amago de blues cavernoso que las voces de transforman en un suave y agradable paseo de country. «¿Alguna vez fui alguien capaz de amarte para siempre?, se cuestiona Cohen», el amante impenitente, el eterno desencantado. «My Oh My» se acerca al soul al ralentí con vientos gozosos y coros expansivos para firmar una de las piezas más vigorosas del disco y «Nevermind»recupera el sintetizador y ese sonido que convirtió en seña de identidad en los ochenta para acuñar una vez más referencias bélicas, religiosas e históricas, mirar de reojo a «First We Take Manhattan», y deslizar cenefas arábigas . «No podría matar de la manera que tu matas», concluye el canadiense.
Con «Born In Chains», Cohen hace memoria y, a un paso del gospel, recupera una de las piezas que ya interpretaba en directo en 2010. Historia, huida y exilio, siempre reforzados por esos coros femeninos que el canadiense ya ha convertido en marca de fábrica. «You Got Me Singing» despide el disco con Cohen cantando a pesar de todo, «aunque el mundo se haya ido», y un violín zíngaro abriéndose camino a través del folk y despidiéndose con una estela de elegancia y perdurabilidad.
Ahí está Cohen, pues, cantando hasta el final del amor y certificando a lo grande ese renacimiento que empezó a gestarse en 2008, cuando, tras casi tres lustros alejado de los escenarios, reapareció con torrenciales actuaciones de más de tres horas. Nunca escondió el canadiense que su principal motivación para volver a la carretera era recuperar el dinero que le había birlado su exmáganer, Kelley Lynch, quien se apropió de cinco millones de dólares del cantante, pero una vez le cogió el gusto ya no pudo volver a bajarse. «Tuve la oportunidad de restaurar mi pequeña fortuna en un año o así, pero seguí de gira», aseguraba en una entrevista un Cohen que, sin embargo, no tiene aún fechas programadas para presentar en directo «Popular Problems».
 
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Peter Sellars y Chuck Berry ganan el premio Polar, el «Nobel» de la música
Dotado con un millón de coronas suecas (110.000 euros) para cada uno, recibirán el galardón de manos del rey Carlos XVI Gustavo el 26 de agosto en el Konserthus de Estocolmo
Peter Sellars y Chuck Berry ganan el premio Polar, el «Nobel» de la música
 Chuck Berry, en una imagen tomada en 2013
El director de escena estadounidense Peter Sellars y su compatriota, el músico de rock Chuck Berry, han sido distinguidos hoy en Estocolmo con el premio Polar 2014, considerado el «Nobel» de la música.
El jurado destacó que Sellars es «una definición viviente de lo que significa el premio Polar: divulgar la música y presentarla en un nuevo contexto».
«Con sus controvertidas producciones de ópera y teatro, Peter Sellars ha representado todo, desde la guerra y el hambre a la religión y la globalización», señaló el fallo.
Nacido en Pensilvania (EE.UU., 1957) y considerado uno de los hombres de ópera, teatro y televisión más prestigiosos del panorama internacional, nos ha mostrado que la música clásica «no se trata solo de partituras polvorientas y precisión de metrónomo», sino sobre todo de «un modo de representar y reflexionar sobre el mundo».

De Chuck Berry, el jurado resaltó su condición de «pionero del rock and roll» que convirtió la guitarra eléctrica en el instrumento principal de ese género musical.
«Cada 'riff' y solo tocado por guitarristas de rock en los últimos 60 años contiene un ADN que puede ser rastreado hasta Chuck Berry. The Rolling Stones, The Beatles y un millón de grupos más empezaron a emprender su arte tocando canciones suyas», consta en el fallo difundido en Estocolmo.
Además de pionero, es un «excelente» autor de canciones, capaz de resumir en tres minutos «una imagen de la vida diaria y los sueños de un adolescentes».
Nacido en St. Louis (Missouri) en 1926 como Charles Edward Anderson Berry, Berry llegó al estrellato en 1955 con «Maybelline», considerada como una de las piedras en las que se cimenta el rock and roll de todos los tiempos y con la que se ganó el título de "padre negro" de ese género.
Sellars y Berry, que suceden en el palmarés al senegalés Youssou N'Dour y a la finlandesa Kaija Saariaho, recibirán el premio, dotado con un millón de coronas suecas (110.000 euros, 154.000 dólares) para cada uno, de manos del rey Carlos XVI Gustavo el 26 de agosto en el Konserthus de Estocolmo.
El premio Polar fue creado en 1989 por Stig Andersson, editor, compositor y representante del grupo Abba.
Desde que en 1992 empezó a otorgarse, el Polar ha distinguido a intérpretes como B.B. King, Cyorgy Ligeti, Keith Jarrett, Bob Dylan, Ray Charles, Pierre Boulez, Elton John, Bruce Springsteen, Stevie Wonder, Pink Floyd, Dizzy Gillespie, Sony Rollins, Gilberto Gil, Ennio Morricone o Björk.
 
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Bob Dylan desentierra a Frank Sinatra y se lo lleva a la luz del folk
El músico de Duluth ofrece detalles de su próximo disco, «Shadows in the Night», en el que reinterpreta a «La Voz»
  Bob Dylan
«Me impresiona su tono de voz. Es como un cello». Quien dijo esto fue ni más ni menos que Frank Sinatra. Un tipo irónico y con muy buen oído. Aquel que recibió el calificativo de «La Voz», describía de esta forma a ese otro cantante que había revolucionado el mundo de la música popular con sus composiciones y letras, pero también a pesar de contar con unas cuerdas vocales bastante alejadas del canon habitual de la época.
Se trata de dos artistas aparentemente antagónicos, pero cuyas carreras se ven ahora entremezcladas de forma sorprendente. El pasado mes de noviembre, Bob Dylan anunciaba el lanzamiento de un nuevo disco, «Shadows in the Night» (Columbia Records), que saldrá a la venta el 3 febrero de 2015. Ya de por sí se trata de un acontecimiento de importancia mayúscula dentro de la industria musical, pero la sorpresa llegaba, sobre todo, al leer la letra no tan pequeña: el contenido, en su totalidad, está compuesto por canciones que ha interpretado Sinatra. Meses antes había llegado a YouTube un adelanto de este trabajo, «Full Moon and Empty Arms». Estábamos avisados, pero resultaba inevitable levantar las cejas hasta el techo ante la nueva aventura de un artista acostumbrado a hacer lo que le da la gana, pero que no por ello deja de epatar con sus ocurrencias.
Dylan ha realizado unas declaraciones en su página web en las que aclara algunos detalles del disco: «Ha sido un verdadero privilegio hacer este álbum», explica. «Durante mucho tiempo quise hacer algo así, pero nunca fui lo suficientemente valiente para acercarme a estas canciones de complicados arreglos y adaptarlas a una banda de cinco músicos».

En una sola toma


«Shadows in the Night» ha sido producido por el propio Dylan, que firma este trabajo como Jack Frost, al igual que hizo con «Modern Times» y «Tempest». Según afirma el autor de «The Times They Are a-Changin’», fue grabado en vivo, con todos los músicos en la misma habitación, «sin auriculares ni cabinas» y «en una sola toma o dos, a lo sumo».
Eso sí, quiere dejar bien claro que no se trata de un disco de «covers» al uso: «No me veo haciendo estas versiones de cualquier manera. Ellas ya han sido interpretadas muchas veces. Estaban enterradas [entre tantos refritos], de hecho. Lo que hemos conseguido, básicamente, ha sido desenterrarlas de la tumba y traerlas a la luz del día».
Efectivamente, no se trata de los grandes clásicos tipo «New York New York» o «My Way», aunque cualquier tema que experimenta el paso de Sinatra se convierte en un estándar. Dylan se los ha llevado a su terreno, alejado de la grandilocuencia orquestal. Son versiones minimalistas, con un toque de country y un sonido que huele a madera. Al menos es lo que se desprende del adelanto publicado hasta el momento.
¿Pero qué ha podido pasar con este cantautor, uno de los artistas más versionados él mismo en la historia de la música popular, y en sus inicios tan antagónico al estilo de smoking y pajarita?
Porque resulta tanto más sorprendente cuando echamos la vista atrás, hacia aquellos años en que la hegemonía de los grandes «crooners» se vio amenazada por diferentes oleadas: la primera liderada por Elvis Presley, y unos años después y casi de forma simultánea, por los Beatles y Bob Dylan. Cada uno representaba un cambio hacia otro lado completamente diferente a los modos elegantes de las «big bands» y las voces aterciopeladas. «La música rock la hacen deficientes que cantan letras maliciosas, lascivas. Es la forma de expresión más brutal, nauseabunda, desesperada y viciosa que he tenido la desgracia de escuchar», llegó a declarar el intérprete de «My Way». Seguramente, hubiera deseado tener un hacha cerca, al igual que Pete Seeger, al escuchar a Dylan en formato eléctrico por primera vez. «En la música Frank Sinatra puso la voz, Elvis Presley puso el cuerpo y Bob Dylan puso el cerebro». Así zanjaba la cuestión Bruce Springsteen.

Revisión del pasado

Pero, regresando al origen de la pregunta, quizás asistimos a un momento en el que el trovador esté, a sus 73 años, más pendiente del pasado que del futuro. De ahí la revisión de su legado en forma de «The Bootleg Series», cuya última y recientísima entrega ha sido el volumen 11, con las legendarias sesiones grabadas con su grupo The Band, en 1967. Tampoco es la primera vez que hace versiones. Al fin y al cabo, así comenzó su carrera, revisando el cancionero folk tradicional que, en su mayor parte, engrosó su primer y homónimo álbum. También es algo que ha hecho en sus directos. Asimismo protagonizó otra conmoción en 2009 con «Christmas In The Heart», afrontando el repertorio navideño.
Por último, podemos recordar que, en 1996, un gran número de estrellas del pop, como Ray Charles, Bono, Little Richard, Bruce Springsteen y Tony Bennett, intervinieron en un concierto en Los Ángeles para celebrar el ochenta cumpleaños de Sinatra, en la que fue una de sus últimas apariciones públicas. Dylan también estaba allí, y al terminar su canción «Restless Farewell», exclamó un emocionado «Feliz cumpleaños, Sr. Frank». Fue el tributo de un genio de la composición a otro de la interpretación, separados por solo unos metros de distancia. Dos años más tarde el propio Dylan asistía al funeral de aquel a quien había felicitado. Y 16 años después vuelve a rendirle homenaje con un álbum completo.

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