Soldados canadienses en la Segunda Batalla de Passchendaele (1917) en un autocromo registrado en color real
Este mismo año hace un siglo que un periódico del País Vasco abría una nueva sección en su primera página bajo el título «Conflicto entre varios países» para referirse a la que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y que sus contemporáneos denominaron la Gran Guerra. Una guerra que todos los contendientes esperaban de corta duración y que, en realidad, con la perspectiva que da el paso del tiempo, vemos que se extendió a lo largo de casi todo el siglo XX: durante los 75 años que median entre la cascada de movilizaciones y declaraciones de guerra que siguieron al asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo y la caída del Muro de Berlín, símbolo del fin del enfrentamiento entre bloques, el mundo vivió uno de los periodos más terribles y angustiosos de la humanidad. Quienes nacimos y vivimos en el pasado siglo, somos aún poco conscientes de lo que supusieron las enormes carnicerías, sin parangón en la historia, vividas en la primera mitad de esa centuria. O, como ocurrió en la segunda mitad, lo que fue sentir colectivamente por primera vez la posibilidad de que se acabara la vida en el planeta en un holocausto para el que sobraban miles de las armas nucleares con las que nos apuntábamos los unos a los otros.
Ese «conflicto entre varios países europeos» que todos venían preparando y nadie se atrevía a declarar, sólo necesitó de un pretexto para catalizar las tensiones políticas, económicas y sociales acumuladas. Y el terrible enfrentamiento armado de aquellos años, lejos de resolverlas, no hizo más que acentuarlas. Tensiones que se prolongarían en la revolución rusa y la consecuente guerra civil, en el nacimiento del fascismo y su mitología imperial y expansionista o del nazismo, sistematizador de odios, dispuesto a reescribir con sangre la historia. Y por fin la Guerra de España, laboratorio de ideologías, de armas, de tácticas y de rencores, prólogo de la inevitable segunda parte de ese «conflicto» iniciado en 1914 y que no se acabaría, como quisieron los vencedores, en 1945.
Todavía no se había alzado la bandera roja sobre el Reichstag en ruinas, ni el fotógrafo Rosenthal inmortalizaba aún al grupo de marines con la enseña americana en Iwo Jima, cuando los supuestos aliados preparaban una paz tan falsa como esas dos amañadas instantáneas convertidas en icono de las victorias sobre la Alemania nazi y el Imperio Japonés. Yalta, pero sobre todo Potsdam, significaron el inicio de una nueva fase del «conflicto entre varios países». Una fase tan terrible que ninguno de los principales contendientes se atrevió a materializar de una manera directa. Los nuevos campos de batalla serían entonces países periféricos, Corea, Vietnam, Oriente Medio, el subcontinente indio, las nuevas naciones del África poscolonial… o, en América, Cuba, donde en octubre de 1962 estuvo a punto de llegarse a la temida y definitiva fase de esta larga guerra del siglo XX, la nuclear, la guerra ya no mundial, sino planetaria, de neutrales imposibles, en donde pereceríamos todos, incluso los supervivientes.
A lo largo de esos 75 años, las alianzas se rehicieron una y otra vez en un continuo puzle. Quienes se combatieron encarnizadamente en una fase lo hacían juntos, en el mismo bando, en la siguiente, para enfrentarse a los viejos aliados de unos o de otros. Cambiaron los contendientes, los escenarios de los combates se desplazaron de continente, las nuevas armas exigieron nuevas tácticas y estas llevaron a variar las estrategias. Los países dominantes quedaron subordinados a las nuevas potencias que emergieron precisamente con la guerra. Los motivos y causas de tantos odios, de tantas muertes, de tanta destrucción, de tantos miedos fueron quedando relegados, o incluso olvidados, cuando no falseados, de fase en fase. Sólo un hilo conductor se mantuvo a lo largo de esos insoportables 75 años de nuestra historia: el enfrentamiento entre dictadura y democracia, entre dos visiones antagónicas del hombre y de la sociedad. Y se impusieron en definitiva las democracias.
Sólo un hilo conductor se mantuvo a lo largo de esos años: el enfrentamiento entre dictadura y democracia. Y se impusieron en definitiva las democracias

Así empezó la Gran Guerra
El asesinato del heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo el 28 de junio de 1914 no tenía necesariamente que haber acabado en un conflicto armado
El asesinato del heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo el 28 de junio de 1914 no tenía necesariamente que haber acabado en un conflicto armado
La Crisis de Julio, que convulsionó a todas las cancillerías europeas, tenía visos de poder ser resuelta de forma pacífica, sin embargo el ultimátum lanzado a Serbia el 23 de julio de 1914 por el gobierno austrohúngaro —sostenido y autorizado por Alemania— desencadenó una cascada de movilizaciones de los diferentes ejércitos de las naciones el liza, que empujaron de manera gradual y sin remisión a los países a la lucha.
- 28 de junio. Terroristas serbios asesinan al archiduque Franciso Fernando y a su esposa en Sarajevo. Austria-Hungría acusa a Serbia de ser la instigadora del atentado.
- 23 de julio. Austria-Hungría lanza un ultimátum sobre Serbia.
- 25 de julio. Serbia acepta todas las condiciones del ultimátum salvo la cláusula sexta, que produciría de facto la pérdida de la soberanía nacional. El ejército serbio se moviliza.
- 28 de julio. Apoyada por Alemania, Austria-Hungría rompe relaciones con Serbia y declara la guerra.
- 29 de julio. Unidades navales austrohúngaras bombardean Belgrado desde el Danubio. Movilización del ejército ruso. La orden es revocada tras un telegrama personal del káiser Guillermo al zar Nicolás. La flota británica se dirige hacia sus bases de guerra.
- 30 de julio. Rusia moviliza de nuevo sus fuerzas contra Austria-Hungría en defensa de Serbia.
- 31 de julio. Ultimátum alemán a Rusia. La marina de guerra alemana se pone en estado de alerta. Movilización austrohúngara.
- 1 de agosto. Movilización total alemana y francesa. Alemania declara la guerra a Rusia.
- 2 de agosto. Alemania invade Luxemburgo y da un ultimátum a Bélgica.
- 3 de agosto. El gobierno belga rechaza las demandas alemanas de libre paso de sus tropas y la ocupación de sus principales fortalezas. Alemania declara la guerra a Francia. Movilización del ejército británico.
- 4 de agosto. Tropas germanas invaden Bélgica. Gran Bretaña declara la guerra a Alemania en defensa de la neutralidad belga.
- 6 de agosto. Austria-Hungría declara la guerra a Rusia.
Marea de entusiasmo
La inmensa mayoría de la población de todos los países vivió con entusiasmo la declaración de guerra; los jóvenes europeos acogieron como una especie de aventura el inicio de la Gran Guerra, Aunque hubo voces que se alzaron en contra del conflicto, ni el internacionalismo obrero, tan poderoso en aquel momento, fue capaz de frenar la marea de entusiasmo bélico. «Para casa antes de que caigan las primeras hojas», la guerra iba a ser corta, liberalizadora, era una causa justa, el enemigo secular sería derrotado, y la nación, fuese cual fuese, se vería engrandecida, ocupando el lugar que por historia le correspondía o con su integridad nacional resuelta… Todos los países —salvo quizás el Reino Unido— entraron en guerra con la idea de que ésta permitiría de una vez alcanzar la plenitud máxima de la nación.
Eoísmo sagrado.
El término el egoísmo sagrado» definiría más tarde y muy claramente la idea principal que subyacía detrás del conflicto. El militarismo germano, la necesidad de preservar el imperio de las tensiones nacionalistas internas en el caso de Austria-Hungría, la recuperación de Alsacia y Lorena para Francia, el paneslavismo serbio alentado desde Rusia, la carrera de armamentos, las tensiones derivadas del colonialismo y el reparto de África…, muchas fueron las razones que empujaron a un país u otro hacia el conflicto, pero en todos ellos persistía la idea de que, rodeados de enemigos, sólo su causa era la justa.
Así, los jóvenes, en columnas de miles de uniformes grises, azules, rojos, marrones…, marcharon juntos hacia la «liberación», confiados en retornar pronto a sus hogares como héroes. Les esperaban cuatro años de horror y carnicería, de gases tóxicos y trincheras, de bombardeos inmisericordes y padecimientos atroces, de millones de muertos en una contienda en la que Europa se devoró a si misma.
La Paz de Versalles de 1919 cerró falsamente el conflicto. Nuevos agentes —y más terribles— entrarían en escena, la era de los totalitarismos estaba a la vuelta de la esquina. Apenas veinte años después, Europa estaba en guerra de nuevo consigo misma. Pero esta vez ya nadie marcharía con entusiasmo a la Guerra.









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