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martes, 15 de enero de 2013

Ciencia

Ciencia


Esto es lo que han revelado las investigaciones pioneras del gran primatólogo Frans de Waal, director del Laboratorio Yerkes de Investigación de Primates en Atlanta (EEUU) y autor de libros como 'El mono que llevamos dentro' (Ed. Tusquets).
"Hemos comprobado que si a un mono capuchino le das una recompensa menor que a otro por hacer la misma tarea, el primate perjudicado se enfada y deja de colaborar", explicaba De Waal a ELMUNDO.es durante una reciente visita a Madrid, cuando participó en las Jornadas Ciencia y Sociedad, dirigidas por Eduardo Punset y organizadas por la Fundación Santander.
"Por tanto, estoy convencido de que estos monos entienden perfectamente cuándo se les trata de manera injusta y pueden rebelarse contra la desigualdad de una manera comparable a las huelgas de los humanos", aseguraba el primatólogo.
Para llegar a esta conclusión, el doctor De Waal y sus colegas enseñaron a un grupo de monos capuchinos a realizar una tarea sencilla. El trabajo consistía en recoger piedras y depositarlas en las manos de un investigador. A cambio, los científicos les daban un pepino para recompensarles por sus servicios.
Hasta ahí, la productividad de esta peculiar 'empresa' iba sobre ruedas. Si todos los monos recibían el mismo 'salario', sin diferencias notables en el tamaño de los pepinos que se repartían entre los 'obreros', reinaba la paz social y el 90% de los capuchinos cumplía con sus obligaciones en menos de cinco segundos.

Rebelión contra la desigualdad

Sin embargo, los problemas empezaron cuando, de forma indiscriminada, los científicos decidieron aumentar el sueldo a algunos de sus trabajadores. Ante la mirada pasmada de los demás capuchinos, los monos afortunados empezaron a recibir uvas, en vez de pepinos, cada vez que recogían una piedra. Para comprender la gravedad del asunto, hay que tener en cuenta que ante los ojos (y el paladar) de un capuchino, una jugosa y dulce uva tiene un valor infinitamente superior a la de un mediocre pepino.
La reacción de los primates agraviados fue la que cabría esperar de cualquier 'currante' ante una situación de desigualdad manifiesta: perdieron motivación, cayeron en el pasotismo y empezaron a desobedecer a los investigadores. En definitiva, el conflicto laboral estalló y los capuchinos maltratados se negaron a seguir trabajando.
Según De Waal, el comportamiento de estos primates demuestra que poseen una "aversión a la desigualdad" que les lleva a reaccionar con hostilidad si algún miembro de la manada recibe una recompensa mayor por hacer lo mismo que los demás.
Los humanos, en definitiva, no somos los únicos animales a los que nos ofenden los agravios comparativos. El experimento de De Waal demuestra que nuestros parientes más cercanos tampoco 'tragan' sin rechistar las desigualdades, e incluso pueden rebelarse contra un caso flagrante de favoritismo injustificado.
"Quizás lo que esté pasando en España y otros países en los que los ciudadanos se sienten indignados por los privilegios de una élite, con salarios astronómicos en una situación de grave crisis económica, sea comparable a lo que sienten estos monos ante una discriminación injusta", concluye De Waal.

  
ETOLOGÍA | Nueva sección de ELMUNDO.es

'YoPablo Herreros, jugando con un colega orangután. | El Mundo, mono': el simio que llevamos dentro

¿Por qué somos como somos? ¿Cómo podemos explicar el comportamiento de ese insólito mono pensante que llamamos 'Homo sapiens'? ¿Cuál es la mejor estrategia para entender a nuestra excéntrica especie? Dos años después de regresar de su mítico viaje a bordo del Beagle, Charles Darwin proclamó que "aquel que entendiera a los primates, haría más por comprender la esencia del ser humano que el filósofo John Locke". Por eso, para intentar conocernos un poco mejor a nosotros mismos, ELMUNDO.es ha creado la sección 'Yo, mono' del primatólogo Pablo Herreros.

Hoy sabemos que compartimos más del 95% de nuestro genoma con nuestros parientes más cercanos, como los chimpancés y los bonobos. Y gracias a las investigaciones históricas de figuras como Jane Goodall y Frans de Waal, hemos descubierto hasta qué punto existen paralelismos entre el comportamiento de simios y humanos. Hoy sabemos que nuestros hermanos primates también sienten emociones, fabrican herramientas, forjan alianzas políticas, se rebelan contra líderes incompetentes, realizan intercambios de favores y entienden el concepto de la reciprocidad, tienen un sentido de la justicia, e incluso se ponen en huelga.

Siguiendo la estela de los grandes pioneros como Goodall y De Waal, Pablo Herreros (Torrelavega, Cantabria, 1976) está convencido de que la mejor manera de entendernos a nosotros mismos es partiendo de la base de que somos primates. Y por lo tanto, hay muchos aspectos de nuestra psicología que sólo podemos comprender si tenemos en cuenta de dónde venimos desde un punto de vista evolutivo, y lo que seguimos compartiendo con los simios.

A Herreros la pasión por los animales le viene de muy lejos, ya que su familia fundó el zoológico de Santillana del Mar y de pequeño jugaba entre lobos y otras especies de la fauna ibérica. Tras licenciarse en sociología y antropología, decidió que si realmente quería entender al animal humano, necesariamente tendría que comprender primero a sus 'primos' peludos, y decidió lanzarse a la aventura de la primatología.

En la actualidad es Presidente de la Asociación Española para la Investigación y Divulgación de la Conducta Animal y la Evolución humana, director científico del programa de Inteligencia Emocional y Social de la Fundación Eduard Punset, y miembro del grupo de investigación de Evolución Humana y Cognición en la Universidad de las Islas Baleares.

Pero por encima de todo, y más allá de su impresionante currículum académico, el autor de 'Yo, mono' es un sabio primate que tiene muchas ganas de compartir sus conocimientos con la gran manada de lectores curiosos que leen la sección de Ciencia de ELMUNDO.es. Si quieren disfrutar como monos, no se la pierdan, cada sábado, en este rincón de la jungla digital.


ETOLOGÍA | Las raíces de la sexualidad humana

Gina, la chimpancé adicta al porno

La chimpancé Gina, en el zoo de Sevilla. | Pablo Herreros
Hace un par de años, realicé una visita a todos los zoológicos de España donde poseían chimpancés con el fin de sondear la posibilidad de futuras investigaciones sobre su comportamiento. Para hacer reír a compañeros y amigos, lo llamaba el 'chimpatour'. Lo que nunca pude imaginar fueron las sorpresas que me tenía preparada una hembra de esta especie llamada Gina que habita en el zoo de Sevilla. La instalación donde vive cuenta con dos partes, una exterior donde poder jugar y otra interior donde protegerse del frío y el sol, ya que está cerrada y además cuenta con calefacción.

Debido a la intensa vida interior que poseen estos animales, hay que realizar un enriquecimiento ambiental para estimularles física y psicológicamente. Estos suelen consistir en hormigueros artificiales, juguetes y otro tipo de inventos que les obliguen a estar activos y agudizar el ingenio. Es el equivalente a una terapia ocupacional humana.

Para animar las noches a Gina, los responsables decidieron instalar una televisión con TDT protegida tras un cristal y darle el mando a distancia para que ella misma eligiera el canal que ver. En los primeros ensayos, los cuidadores visitaban a Gina para controlar que todo estaba en orden y no rompía los nuevos juguetes. La sorpresa fue mayúscula cuando comprobaron que en pocos días, Gina no sólo manejaba el mando a distancia a la perfección, sino que también solía optar por el canal porno para entretenerse, como muchos de nosotros hubiéramos hecho.

Aunque Gina no cargaba las películas a la tarjeta de crédito parlamentaria, como ocurrió con el marido de la ex-ministra del Interior Británica Jacqui Smith, el fácil acceso a imágenes por televisión o por las redes es un fenómeno muy reciente en la historia sexual del ser humano. Se estima que el negocio de este tipo de material pornográfico mueve unos 60.000 millones de dólares anuales y el número de consumidores aumenta cada día, mujeres incluidas.

A pesar de que un pequeño estudio estimaba que las películas porno sólo se ven unos 12 minutos de media, lo cierto es que los primates humanos y no-humanos poseemos una intensa vida sexual, probablemente fruto de una infinita capacidad para soñar y recrear con la mente situaciones, como demuestran los juegos, innovaciones y manipulaciones de las que somos capaces en otras áreas de la vida.

Un estudio de la Universidad de Ohio con jóvenes concluye que tanto hombres como mujeres tenemos como media entre 10 y 19 pensamientos referidos al sexo cada día. Un dato interesante es que para los machos, comida y sexo se visualizan mentalmente un número similar de veces.

Aunque muchos creen que el orgasmo es exclusivamente humano, en estudios de laboratorio, varias especies de primates experimentan aceleración del ritmo cardiaco y contracciones genitales en el clímax del acto sexual. También muchos animales se masturban y lo hacen tanto los machos como las hembras.

Los delfines se frotan contra el fondo marino e incluso usan objetos con este fin. Se han registrado episodios de masturbación en la mayoría de los primates, siendo los bonobos uno de los casos más llamativos por su alto grado de actividad. Ni Nacho Vidal podría competir con esta especie.

Vídeo: Bonobos, los primates del 'haz el amor y no la guerra'

Los bonobos son unos grandes simios tan cercanos genéticamente a nosotros como lo son los chimpancés, pero con una organización social y vida sexual completamente diferentes. En este gran simio, el sexo es la piedra angular de la sociedad ya que cumple funciones en la resolución de los conflictos y el establecimiento de vínculos entre los diferentes miembros del grupo. Pero también parecen buscar el sexo por el placer de practicarlo.

El amplio repertorio sexual de los bonobos sólo es comparable al humano. En los bonobos podemos encontrar comportamientos muy similares a los nuestros, como por ejemplo el beso con lengua, la cópula en todo tipo de posturas -misionero incluida-, la bisexualidad, la homosexualidad o la masturbación mutua. Las hembras de esta especie también se estimulan con gran asiduidad.

Obtener placer a través del sexo es un mecanismo favorecido por selección natural, mediante el cual se asegura que los individuos deseen los encuentros sexuales. Cuando el fin es reproductivo, este es un método muy eficaz para la mejora del ADN.

Pero en algunas especies de animales, este deseo ha sido tan fuerte que se ha independizado de su función original y ahora buscamos sexo con otras intenciones que no tienen por qué perseguir la descendencia. Al igual que otros comportamientos de los que depende nuestra supervivencia, como por ejemplo la comida o las relaciones sociales, el sexo también nos genera profunda satisfacción.
FAUNA | Imágenes inéditas

La 'película' del calamar gigante


(Vídeo: NHK/Discovery Channel)
La televisión japonesa NHK y el canal estadounidense Discovery Channel han difundido las primeras imágenes en vídeo de un ejemplar de calamar gigante grabado en las profundidades del océano.
El huidizo animal, que pertenece al género Architeuthidae, fue localizado el pasado verano a 630 metros de profundidad en el Océano Pacífico, al este de la isla nipona de Chichijima, a unos 1.000 kilómetros al sur de Tokio. Según calculan los científicos que han participado en la expedición, el ejemplar medía unos tres metros, aunque carecía de sus dos tentáculos más prominentes, por lo que creen que pudo haber llegado a tener unos ocho metros de longitud.
Con tres corazones, una visión cien veces más potente que la del ser humano y un cerebro muy desarrollado, este mítico gigante ha permanecido hasta el momento oculto en los abismos marinos.
Según ha desvelado la cadena NHK, en el documental completo, que se estrenará en Japón el 13 de enero y que el 27 de enero será emitido en Estados Unidos, se puede ver cómo el calamar se alimentó de un cebo colocado por el equipo. Se trata de otro cefalópodo más pequeño, de un metro de largo.
En ese momento, la cámara de alta definición capta de cerca los enormes ojos del animal y sus ventosas, de unos cinco centímetros de ancho. Con esta cinta, los científicos esperan obtener más información sobre el comportamiento de este legendario animal, que puede llegar a pesar más de 500 kilogramos y que se considera el invertebrado más grande del mundo.

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